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XXV Aniversario de Mario del Monaco

 
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Marioneta del Triunvirato


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MensajePublicado: Mar, 23 Oct 2007 4:22 pm    Asunto: XXV Aniversario de Mario del Monaco Responder citando

XXV ANIVERSARIO DE MARIO DEL MONACO

Por Tucker

Comentarios: http://www.italianidad.crearforo.com/mario-del-monaco-xxv-aniversario-de-su-fallecimiento-es6298.html

Mañana 16 de octubre 2007, se cumplirán los 25 años del fallecimiento de uno de los mejores tenores spinto / dramáticos del siglo XX y posiblemente de siglos venideros.

He recopilado una serie de informaciones que adjunto ( no las he preparado yo, salvo el historial del Del Mónaco en el Liceo de Barcelona, por cierto no demasiado afortunado), esperando sea recordada la memoria de este grande y por supuesto, resulte del interés de la Tertulia.

1/ Artículo publicado por Manuel Cabrera, que me limito a transcribir a continuación.

Intérpretes legendarios
Mario del Monaco, en el recuerdo
El día 16 de octubre se cumplen 25 años de la muerte de uno de los tenores dramáticos más importantes del repertorio lírico italiano y de una de las voces más privilegiadamente hermosas de la historia: Mario del Monaco, hijo de Ettore del Monaco, miembro de una familia de la nobleza siciliana, y de Flora Giachetti, prima de la segunda esposa del gran Enrico Caruso.



La belleza y espectacularidad que transmite el mundo del canto, tristemente y con frecuencia, oculta al gran público ingratitudes e injusticias. La ópera no puede zafarse de algunas de las miserias de la condición humana. Algo de eso ha ocurrido con el tenor florentino Mario del Monaco (1915-1982), de quien ahora se cumplen cinco lustros de su fallecimiento acaecido en Mestre (Venecia) como consecuencia de un infarto de miocardio –entonces llevaba cinco años sometiéndose a diálisis– en compañía de su esposa Rina y de varios de sus alumnos. En su funeral el tenor Franco Corelli leyó una breve laudatio que se inició con las siguientes palabras: “Aquí está, muerto ante nosotros, el más grande de todos nosotros”. Su hijo, el director de escena Giancarlo del Monaco, se enteró de la noticia viendo la televisión, en Alemania. Era el 16 de octubre de 1982. “Para mí y para el mundo, mi padre fue siempre Mario del Monaco”, manifiesta con orgullo filial para continuar recordando que “aprendí las óperas desde niño, subido a sus rodillas mientras él las susurraba y tocaba al piano”.

Durante estos veinticinco años, Mario del Monaco no ha sido debidamente recordado; a su figura y a su trascendencia histórica en el mundo del arte no se le ha dado el trato merecido ni se ha pagado a su memoria los treinta años de reinado indiscutible en el campo operístico. Él decía de sí mismo que era “un caballero del siglo anterior”, refiriéndose al XIX, poco dado a concesiones a la galería, sin por ello descender ni un palmo –salvo la lealtad de camaradería para con sus compañeros y compañeras– del pináculo al que por méritos propios había llegado. Sabía perfectamente lo que quería y una vez convencido de ello imponía su criterio o rechazaba la oferta, considerando en todo momento el justo alcance de su propia valía. De ahí, por su firmeza, algunos no perdonaron determinados comportamientos suyos. Solía repetir, sobre todo cuando hacia juicios críticos –escribió en varios periódicos en pleno ejercicio de su carrera– que “Dios me ha dado una voz para cantar y canto, y una lengua para hablar y hablo muy claro”.

Por su forma de concebir el canto, con respeto y lealtad tanto al compositor como a su propia voz, sentía gran admiración hacia Alfredo Kraus. Esa admiración fue recíproca y al efecto cuenta su hijo Giancarlo que una vez coincidió con el tenor canario en la antigua entrada de artistas del Gran Teatre del Liceu barcelonés y, hablando sobre sus clases de canto, le dijo: “Cuando algún alumno mío dice que no entiende el canto de máscara le hago escuchar un disco de tu padre”. Mario del Monaco fue el último cantante de ópera que tuvo la fortuna de preparar y ensayar diversos papeles directamente con los grandes compositores de la primera mitad del siglo XX; tal fue el caso de Francesca da Rimini, que estudió junto a Riccardo Zandonai, Cavalleria rusticana con Pietro Mascagni, Adriana Lecouvreur con Francesco Cilèa y Andrea Chénier con Umberto Giordano, ante cuyo féretro, y a las puertas del recién reconstruido Teatro alla Scala, cantó el Improvviso de Chénier con la plaza abarrotada de gente en el homenaje póstumo al compositor. A decir de quienes lo trataron de cerca era eminentemente realista, buen conocedor de sus facultades e, incluso, coqueto, consciente de contar con un atractivo físico, que cuidaba con esmero tanto en el vestir –de calle y escena– como en sus estrictos modales, siendo su comportamiento afectuoso a la par que no muy dado al fácil compadreo. Tal vez fue el último divo en toda la extensión filológica y social del término.

Por su potencia, timbre –caliente, bruñido e intenso–, de poderosa extensión en los registros central y agudo, con ductilidad en el canto declamatorio, expresividad depurada desde el énfasis medido hasta la cuidada morbidezza, dotado, consiguientemente, por la naturaleza de unos medios excepcionales, bien se puede decir que su voz fue eminentemente latina, cualidades en virtud de las que pudo tener en repertorio 50 óperas sin salirse jamás de sus posibilidades, yendo desde Rigoletto hasta Otello, habiendo superado las 3.000 representaciones. Participó en 40 películas –once largometrajes–, y jamás acudió a los estudios de grabación sin haber cantado antes en el escenario el repertorio a registrar; decía que no podía “cantar ante un micrófono lo que antes no le he cantado al público”.


Il mio portafortuna
Como il mio portafortuna calificaba Mario del Monaco a su hijo Giancarlo, mientras, emocionado, le daba su primer abrazo tras un accidentado viaje en pleno conflicto bélico. No había podido asistir a su nacimiento, en Treviso el 27 de diciembre de 1943, pues se encontraba cantando Tosca en el Teatro Olimpia de Milán (La Scala había sido bombardeada y destruida los días 15 y 16 de agosto del mismo año). La relación entre ambos estuvo siempre basada, de hijo a padre, en una profunda admiración tanto al hombre como al mito vivo, y de padre a hijo en un absoluto respeto a sus criterios y a sus indicaciones cuando trabajaron juntos, siendo la primera ocasión en 1965 en el teatro griego de Siracusa, Sicilia, en Samson et Dalila. Dos años antes, Mario del Monaco había sufrido un grave accidente de circulación en el que, entre otras lesiones, se fracturó la pierna derecha por nueve sitios. Durante su convalecencia y estando Giancarlo en la habitación del centro médico romano en el que se encontraba internado, acudió a visitarlo Tito Schipa, por el que Mario sentía absoluta admiración. Iluminándosele el rostro le dijo a su hijo: “Cuando veas a este hombre ponte de rodillas”; entablaron entonces una amena conversación en la que, entre otros temas, ambos tenores analizaron el modo de cantar de Enrico Caruso. En un momento determinado Schipa le dijo, “querido Mario, si tú hubieras cantado en la época de Caruso, hubiera habido grandes problemas con Caruso”. Viene al paso de esta anécdota la crítica que apareció publicada en 1957 en el periódico Los Angeles Times, en la que, analizando la interpretación del tenor florentino en Pagliacci, escribió el crítico George Saunders “Tengo 91 años y he escuchado a Caruso y Caruso nunca fue mejor que Mario del Monaco”.

La voz de Del Monaco, por la lógica de los años, fue perdiendo la elasticidad necesaria que requieren determinados personajes y, como bien dice Giancarlo, “es muy difícil que un cantante se dé cuenta de ello y que luego lo reconozca”. Así las cosas, en un momento determinado, le dijo a su padre: “Papá, tú ya no puedes cantar eso”; el tenor, entendiendo la opinión filial como una auténtica subversión, le espetó: “¿Cómo me puedes decir eso?”. Ante tal tensión el hijo abandonó la villa paterna en su coche y cuando faltaban unos metros para traspasar el portalón de la finca, éste se cierra impidiéndole la salida. Giancarlo volvió a la casa y su padre, con la frente alta pero bajando los ojos, le dijo: “Ven aquí, que hablaremos”. Después de esa conversación, Mario del Monaco nunca más volvió a cantar el Radames de Aida, uno de sus papeles fetiche.

En esa época su portafortuna lo dirigió en las óperas Samson et Dalila, Otello, Norma, Fedora y Pagliacci, siendo su comportamiento de absoluta disciplina y solicitando siempre muchas explicaciones, aceptadas en todo momento de buen grado salvo cuando se le indicaba algún movimiento o se le marcaba alguna posición que podía perjudicar al canto.


Vivencias personales
Dicen que con la edad los recuerdos de la niñez afloran con mayor nitidez. En mi caso no es así, pero tengo muy presente mis infantiles y juveniles encuentros con Mario del Monaco que comienzan conmigo en el humilde cometido de comparsa o figurante en el Teatro Campoamor de Oviedo; incluso puedo poner fecha a aquel primer encuentro: 19 de septiembre de 1948. Mi madre me llevó a un ensayo de Aida, pues se necesitaban cuatro niños para hacer de esclavos etíopes. Pero, debido a mis ojos azules y a mi pelo rubio, me rechazaron. Al salir del escenario algo frustrado me tropecé con un señor vestido de Radames y caí al suelo haciéndome daño con un clavo retorcido en la rodilla derecha, rasguño que comenzó a sangrar. Aquel hombre me ayudó a levantarme y me puso la mano en la cabeza consolándome con un “poverino, poverino”. Era Mario del Monaco.

Tuvieron que pasar 15 años para que volviera a producirse un doble encuentro con el divo. En la XVI temporada lírica ovetense Del Monaco hizo Don José y Samson; en ambas ocasiones pude compartir tablas con el tenor vistiendo de torerillo en el último acto de la ópera de Bizet y como sujetador de antorcha en el tercero de la de Saint-Saëns. Con ocasión del ensayo general de Carmen, la puerta del camerino de Del Monaco estaba entreabierta –llegaba muy temprano al teatro para maquillarse y vestirse mientras vocalizaba– y la osadía de la juventud me hizo pegar la nariz al resquicio existente. Aún no se había dado el primer aviso por el regidor. Allí estaba él con su bigote y perilla perfectamente acicalados, un corto albornoz de terciopelo rojo, bien enlazado a su cuidada cintura, lo que hacía resaltar su ampuloso y potente pecho. Estaba ante el espejo, por lo que no podía verle bien de frente; ágil como un lince giró hacia su izquierda y abrió con fuerza la puerta, a la par que con la altivez de quien tiene la partida ganada dijo sin mirarme y esculpiendo cada sílaba: “sei un giovanetto curioso”. Recuerdo que me quedé estupefacto, pensando que se habían acabado mis días. Cerró lentamente la puerta mientras en su rostro se dibujaba una leve sonrisa, tal vez al constatar mi susto. A los cuatro días, en escena y vestido de filisteo, casi no podía con la pequeña antorcha que me habían dado mientras Del Monaco, a pocos metros de donde yo estaba, cantaba el aria de Samson “Vois ma misère”. Aquella voz no la olvidaré nunca...

En 1967 tuve la inmensa suerte de volver a verle en el Campoamor como Otello. No se me ocurrió acercarme a él después de la experiencia anterior. Había terminado mi carrera de Derecho y ya estaba consolidado en el teatro como comparsa. Hice de chipriota en el primer acto, siendo su “Esultate!” un latigazo en los sentimientos que siempre aflora cada vez que, desde entonces, escucho esta ópera. El resto de la función la pasé en el hombro derecho de la primera galería del escenario, sin siquiera cambiarme la ropa de época escuchándole absolutamente embobado ante su talento.

El 29 de septiembre de 1973, una tarde de sábado, le escuché por última vez en un inolvidable concierto que ofreció en la Sala Pleyel de París. Aquella fue algo así como su despedida al demostrar, durante toda la velada, la capacidad y grandeza de su voz para adaptarse a diversos estilos, pasando desde un Puccini en “Addio, fiorito asil” hasta el monólogo de Siegmund en Die Walküre de Wagner.

Aquel concierto –grabado y puesto en el mercado en 1974 por CBS– es el testamento de este inigualable tenor de raza cuya obra discográfica ha servido como inspiración para varias generaciones de cantantes. De él escribió el crítico francés Jacques Bertrand, a raíz del antes citado acontecimiento parisino, que “a renglón seguido de estos monstruos sagrados que se llamaron Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Lauritz Melchior, Feodor Chaliapin y Maria Callas, es preciso citar a Mario del Monaco”. Amén.


2/ la Web propia de MARIO DEL MONACO; Clickando en la parte superior de la misma, se puede escuchar su ESULTATE del debut como OTELLO en 1.950.
Además su web, está muy ilustrada, no solo con grabaciones, sino con multitud de artículos

Asunto: Re: MARIO DEL MONACO - web
http://www.mariodelmonaco.net/

3/ HISTORIAL DE DEL MONACO EN EL LICEU-
(Espero que los Bilbainos, Ovetenses, etc..., pongan los Historiales de Del Mónaco por el resto de teatros españoles)

Temporada 1946-47

Diciembre 1946 - AIDA (G. Verdi) - Radames

Carla Castellani, Elena Nicolai


Enero 1947 - LA GIOCONDA (A. Ponchielli) - Enzo

No dispongo de mas datos acerca del resto de estos repartos.

Segun Roger Alier, en Aida su actuacion fue insegura, siendo meramente tolerada por el publico, el cual no manifesto ningun tipo de entusiasmo.

Peor le fue como Enzo Grimaldo; aqui fue ruidosamente pateado, ante la baja calidad de su prestacion vocal. Era el 2 de enero de 1947. Alier no dice los presuntos motivos, pero podemos suponer lo que hizo el bueno de Mario en la noche de fin de año y dias anteriores. ( Creo que en esta GIOCONDA, uno de los factores que ensució su Enzo, fue una sonada juerga la noche anterior en el Hotel Oriente de las Ramblas barcelonesas, según se contó en la época que le "provocó " su amigo Pippo Di Stefano)

Por supuesto cancelo las restantes funciones (le sustituyo Pau Civil). O a lo mejor seria el empresario liceista de entonces, el Sr. Mestres Calvet (esta fue su ultima temporada de gestion) el que le daria la patada.

Del Monaco se fue sin ganas de volver. Años mas tarde, ya como grandisimo divo, reconsidero su postura, pero nunca se sintio comodo en el Liceo.


Temporada 1953-54

Noviembre 1953 - AIDA (G. Verdi) - Radames

Caterina Mancini, Ebe Stignani, Aldo Protti, Luis Corbella

Angelo Questa

El Sr. Pamias le convencio, tras duras negociaciones, a volver por las Ramblas. El publico no acabo de decretar un gran triunfo, limitandose a aplaudir solo con cortesia. Del Monaco volvio a sudar tinta con su Radames.


Temporada 1955-56

Noviembre 1955 - OTELLO (G. Verdi) - Otello

Giuseppe Taddei, Cesy Broggini, Glauco Scarlini, Ferruccio Mazzoli

Angelo Questa

Por fin del Monaco logro triunfar en el Liceo de verdad. Seria su ultima visita.[/url]
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